Tesis sobre el Partido Imaginario



El significado político y moral del pensar sólo aparece en los raros momentos de la historia en que “todo se desmorona, el centro no puede ya ser el sostén y la simple anarquía se esparce por el mundo” o en que “los mejores no tienen ya convicción, mientras que los mediocres están repletos de una apasionada intensidad”. En estos momentos cruciales, el pensar deja de ser un asunto marginal respecto a las cuestiones políticas. Cuando todo el mundo se queda atrapado sin reflexionar por lo que la mayoría hace y cree, los que piensan se encuentran como descubiertos, porque su rechazo a unirse a los demás es patente y se vuelve entonces una suerte de acción.
Hannah Arendt, El pensar y las consideraciones morales


I

El Partido Imaginario es la forma particular que asume la Contradicción en el período histórico en que la dominación se impone como dictadura de la visibilidad y como dictadura en la visibilidad, en una palabra, como Espectáculo. Si consideramos que no es, en primer lugar, más que el partido negativo de la negatividad, y que la hechicería del Espectáculo consiste, por ser incapaz de liquidarlas, en volver invisibles en cuanto tales las expresiones de la negación —lo cual vale tanto para la libertad en acto como para el sufrimiento o la contaminación—, entonces su característica más notable es justamente que tiene fama de ser inexistente o, para mayor exactitud, imaginario. Y no obstante, es de él, y exclusivamente de él, que se habla sin interrupción, pues es lo que todos los días falla apenas visiblemente en el buen funcionamiento de la sociedad. Pero se ha tenido cuidado de pronunciar su nombre —de cualquier modo, ¿se podría pronunciar su nombre?—, del mismo modo en que se temía invocar al Diablo. Y en esto se hace lo correcto: en un mundo que tan manifiestamente ha llegado a ser un atributo del Espíritu, la enunciación tiene una desagradable tendencia a volverse performativa. Inversamente, la evocación nominal del Partido Imaginario, aquí mismo, vale tanto como su acto de constitución. Hasta ahora, es decir, hasta que fuera nombrado, no podía ser más que lo que fue el proletariado clásico antes de conocerse como proletariado: una clase de la sociedad civil que no es una clase de la sociedad civil, que es más bien su disolución. Y en efecto, hasta el día de hoy sólo se compone de la multitud negativa de los que no tienen clase, y no la quieren tener; de la locura solitaria de los que se han reapropiado su fundamental no-pertenencia a la sociedad mercantil bajo la forma de una voluntaria no-participación en ésta. En un primer momento, el Partido Imaginario se presenta, pues, simplemente como la comunidad de la deserción, el partido del éxodo, la realidad fugaz y paradójica de una subversión sin sujeto. Pero, así como el alba no es la esencia del día, ella sigue sin ser su esencia. La plenitud de su devenir está todavía por venir y sólo puede aparecer en su relación viva con aquello que lo ha producido, y que ahora lo niega. “Sólo aquel que tenga vocación y voluntad para hacer nacer el futuro puede ver la verdad concreta del presente” (Lukács, Historia y consciencia de clase).


II

El Partido Imaginario es el partido que tiende a devenir real, incesantemente. El Espectáculo no tiene otro ministerio que el de evitar sin descanso su manifestación como tal, es decir, su devenir-consciente, es decir, su devenir-real; ya que entonces tendría que admitir la existencia de esa negatividad de la que es, en cuanto partido positivo de la positividad, su denegación perpetua. Radica así en la esencia del Espectáculo otorgar un campo adverso para todo residuo despreciable, volverlo un no-valor total y, lo que viene a ser lo mismo, declararlo criminal e inhumano en su conjunto, bajo pena de tener que reconocerse a sí mismo como un criminal y un monstruo. Es por esto que en esta sociedad sólo hay , en el fondo, dos partidos: el partido de los que pretenden que no hay más que un solo partido, y el partido de los que saben que en realidad hay dos. Habiendo constatado esto, se sabrá reconocer el nuestro.


III

Es un error que se reduzca la guerra al acontecimiento bruto del enfrentamiento, pero por razones que se explican sin pesar. Ciertamente, sería completamente perjudicial para el orden público que la guerra sea aprehendida como lo que es realmente: la eventualidad suprema cuya preparación y aplazamiento trabajan interiormente, en un movimiento continuo, toda agrupación humana, y de la cual la paz no es en el fondo sino un momento. Idénticamente sucede para el caso de la guerra social, en la que las batallas pueden permanecer, en su paroxismo, perfectamente silenciosas y, por así decir, limpias. Uno mismo difícilmente puede suponerlas en un repentino aumento de la aberración dominante. Tomando esta información, es preciso reconocer que los enfrentamientos son exageradamente raros, comparados con las pérdidas.


IV

Es aplicando a este caso particular su axioma fundamental (de acuerdo con el cual lo que no es visto no existe —esse est percipi—) como el Espectáculo puede mantener la ilusión exorbitante y planetaria de una frágil paz civil cuyo perfeccionamiento exigiría que se le permitiera extender en todos los dominios su gigantesca campaña de pacificación de las sociedades y de neutralización de sus contradicciones. Pero su fracaso previsible está inscrito lógicamente en el simple hecho de que esta campaña de pacificación es todavía una guerra (ciertamente la más espantosa y destructora que haya habido jamás, pues es librada en nombre de la paz). Además, es uno de los rasgos más constantes del Espectáculo el que éste sólo hable de guerra empleando un lenguaje donde la palabra “guerra” no aparece ya y donde sólo es cuestión de “operaciones humanitarias”, de “sanciones internacionales”, de “mantenimiento del orden”, de “salvaguardia de los derechos del Hombre”, de lucha contra el “terrorismo”, las “sectas”, el “extremismo” o la “pedofilia” y por encima de todo, de “procesos de paz”. El adversario no lleva ya el nombre de enemigo, sino que en cambio es colocado hors-la-loi y hors-la-humanité por haber roto y perturbado la paz; y cada guerra librada con el fin de conservar o extender posiciones de fuerza económicas o estratégicas tendrá que apelar a una propaganda que la transformará en cruzada o última guerra de la humanidad. La mentira sobre la cual descansa el Espectáculo exige que sea así. Por lo demás, este disparate revela una coherencia sistemática y una lógica interna asombrosas, pero no ocurre sino hasta que este sistema, presuntamente apolítico y en apariencia incluso antipolítico, esté al servicio de las configuraciones de las hostilidades existentes o provoque nuevos reagrupamientos de amigos y enemigos, pues no sabría escapar tampoco a la lógica de lo político. Quien no concibe la guerra no concibe su tiempo.


V

Desde su nacimiento, la sociedad mercantil jamás ha renunciado a su odio absoluto de lo político, y es por mucho en esto que reside su mayor contrariedad: que el proyecto mismo de erradicarlo sea todavía político. Desde luego quiere hablar de derecho, de economía, de cultura, de filosofía, de medio ambiente e incluso de política, pero jamás de lo político, dominio de la violencia y los antagonismos existenciales. A final de cuentas, la sociedad mercantil no es otra cosa que la organización política de la negación desencadenada de lo político. Invariablemente, esta negación toma la forma de una naturalización, cuya imposibilidad se encuentra denunciada de manera igualmente invariable por crisis periódicas. La economía clásica y el siglo de liberalismo que le corresponde (1815-1914) constituyeron una primera tentativa, y un primer fracaso, de esa naturalización. La doctrina de la utilidad, el sistema de las necesidades, el mito de una autorregulación “natural” de los mercados, la ideología de los derechos del hombre y la democracia parlamentaria pueden ser incluidos entre los numerosos medios que fueron implementados en ese tiempo, para ese fin. Pero es indiscutiblemente en el período histórico que se abre en 1914 cuando la naturalización de la dominación mercantil reviste su forma más radical: el Biopoder. En el Biopoder, la totalidad social que se autonomiza poco a poco llega a hacerse cargo de la vida misma. Por un lado, se asiste a una politización de lo biológico: la salud, la belleza, la sexualidad y la energía movilizable de cada individuo atañen cada año más claramente a la responsabilidad gestionaria de la sociedad. Por otro lado, es una biologización de lo político la que se opera: la ecología, la economía, la repartición general del “bienestar” y de los “cuidados”, el crecimiento, la longevidad y el envejecimiento de la población se imponen como los principales capítulos con los que se mide el ejercicio del poder. Esto, por supuesto, es sólo la apariencia del proceso, no el proceso mismo. De lo que se trata en realidad, es de apoyar sobre la falsa evidencia del cuerpo y de la vida biológica el control total de los comportamientos, de las representaciones y de las relaciones entre los hombres, es decir, en el fondo, de forzar en cada uno el asentimiento al Espectáculo por medio de un supuesto instinto de conservación. Debido a que funda su soberanía absoluta sobre la unidad zoológica de la especie humana y sobre el continuum inmanente de la producción y reproducción de la “vida”, el Biopoder es esa tiranía esencialmente asesina que se ejerce sobre cada uno en nombre de todos y de la “naturaleza”. Toda hostilidad hacia esta sociedad, ya sea la del criminal, del desviado o del enemigo político, debe ser liquidada, pues va en contra del interés de la especie, y más particularmente de la especie en la persona misma del criminal, del desviado y del enemigo político. Y es así como cada nuevo dictado que restringe un poco más unas libertades ya irrisorias pretende proteger a cada uno contra sí mismo, oponiendo a la extravagancia de su soberanía la ultima ratio de la nuda vida. “Perdónalos, no saben lo que hacen”, dice el Biopoder, y saca su jeringa. Sin lugar a dudas, la nuda vida siempre ha sido el punto de vista desde el cual el nihilismo mercantil consideraba al hombre, punto de vista desde el cual la vida humana deja de ser distinta a la vida animal. Pero actualmente es toda manifestación de la trascendencia, de la cual la política es una forma estrepitosa, todo indicio de libertad, toda expresión de la esencia metafísica y de la negatividad de los hombres, lo que es tratado como una enfermedad que es importante, para la felicidad general, suprimir. La inclinación revolucionaria, patología endémica a la que sin embargo una campaña permanente de vacunación aún no ha conseguido poner fin, se explica ciertamente por la conjunción desafortunada de una herencia con riesgos, índices hormonales excesivos e insuficiencia de cierto neuromediador. No puede haber política en el seno del Biopoder, sino sólo contra el Biopoder. Considerando que el Biopoder es la negación consumada de lo político, la política verdadera tiene que comenzar por liberarse del Biopoder, es decir, revelarlo como tal.


VI

En el Biopoder, es por consiguiente su dimensión física lo que se le escapa al hombre, lo que se coloca frente a él y le oprime; y es precisamente en esto que el Biopoder es un momento del Espectáculo, así como lo físico es un momento de lo metafísico. Así pues, es una necesidad de hierro la que (incluso a través del detalle en apariencia más simple, más inmediato, más material, el cuerpo) condena a la contestación presente a colocarse sobre el plano metafísico, o a no ser nada. Por eso ésta no puede ser comprendida, ni siquiera divisada, desde el interior del Espectáculo o del Biopoder, del mismo modo que todo aquello que concierne al Partido Imaginario. Por ahora, su atributo principal radica en su invisibilidad de hecho en el seno del modo de develamiento mercantil, el cual con seguridad es metafísico, pero de una metafísica completamente singular que es la negación de la metafísica, y en primer lugar de sí misma como metafísica. Pero, como el Espectáculo tiene horror al vacío, no puede limitarse a negar la evidencia masiva de esas hostilidades de un nuevo género que agitan más y más violentamente al cuerpo social; es necesario además que las oculte. Resulta por tanto apropiado a las múltiples fuerzas de la ocultación la invención de pseudoconflictos cada vez más vacíos, cada vez más fabricados y ellos mismos cada vez más violentos, aunque antipolíticos. Es sobre este sordo equilibrio del Terror que reposa la calma aparente de todas las sociedades del capitalismo tardío.


VII

En este sentido, el Partido Imaginario es el partido político, o más exactamente el partido de lo político, pues es el único que designa como foco de esta sociedad al trabajo metafísico de una hostilidad absoluta, es decir, la existencia en su seno de una verdadera escisión. De este modo, toma igualmente el camino de una política absoluta. El Partido Imaginario es la forma que reviste lo político a la hora del colapso de los Estados-Nación, de los que sabemos, de ahora en adelante, que son mortales. Recuerda dramáticamente a todo Estado que carece de la demencia, o del vigor, de pretenderse total, que el espacio político no es, en su realidad, distinto del espacio físico, social, cultural, etc., que, en otros términos, y de acuerdo con una vieja formulación, todo es político, o al menos lo es en potencia. En este punto, lo político aparece más bien como el Todo de esos espacios que el liberalismo creía poder, predicado tras predicado, fragmentar. La era del Biopoder es el momento en que, con la dominación que llega a aplicarse directamente al cuerpo, es incluso la fisiología individual lo que toma un carácter político, a pesar de la risible coartada de la naturalidad biológica. Lo político es entonces más que nunca el elemento total, existencial, metafísico, en el cual se mueve la libertad humana.


VIII

Asistimos, en estos días oscurecidos, a la fase final de la descomposición de la sociedad mercantil, cuya existencia convenimos que ha durado demasiado. Vemos divergir a escala planetaria y en proporciones cada vez más enormes el mapa de la mercancía y los territorios del Hombre. El Espectáculo pone en escena un caos mundial, pero este “caos” manifiesta únicamente la ineptitud, ahora comprobada, de la visión económica del mundo al no captar nada de la realidad humana. Se ha vuelto evidente que el valor ya no mide nada: las contabilidades giran en el vacío. El trabajo mismo ya no tiene otro objeto que satisfacer la necesidad universal de servidumbre. Y es incluso el dinero lo que ha terminado por ser derrotado por el vacío que propagaba. Al mismo tiempo, la totalidad de las viejas instituciones burguesas, que descansaban en los principios abstractos de la equivalencia y la representación, han entrado en una crisis de la cual parecen demasiado cansadas como para ser capaces de recuperarse: la Justicia ya no consigue juzgar, la Enseñanza enseñar, la Medicina curar, el Parlamento legislar, la Policía hacer cumplir la ley, ni siquiera la Familia consigue educar a los hijos. Sin lugar a dudas las formas exteriores del edificio antiguo permanecen, pero toda vida lo ha abandonado definitivamente. Flota en una intemporalidad cada vez más absurda y perceptible. Para engañar al ascenso del desastre, suele todavía, de vez en cuando, ostentar sus símbolos de desfile, pero nadie los comprende ya. Su magia ya sólo fascina a sus magos. De este modo, la Asamblea Nacional se ha convertido en un monumento histórico, que ya sólo excita a la estúpida curiosidad de los turistas. El Viejo Mundo ofrece a nuestra vista el paisaje desolador de ruinas nuevas y carcasas muertas, que aguardan una demolición que no llega e incluso podrían aguardarla por la eternidad, si no tuviera que llegar a nadie la idea de emprenderla. Nunca se tuvo el proyecto de tantas fiestas, nunca tampoco su entusiasmo pareció más falso, fingido y obligado. Ni siquiera los júbilos más groseros consiguen desprenderse ya de cierto aire de tristeza. Contra cualquier apariencia, el deterioramiento del conjunto ocurre no tanto cuando se descompone y corrompe órgano tras órgano, ni, por otra parte, en algún otro fenómeno positivamente observable, sino más bien en la diferencia general que ese hecho desencadena; indiferencia que provoca el claro sentimiento de que nadie se juzga concernido por él, ni está decidido de algún modo a traerle un remedio. Y como “contradice a la cordura tanto como a la dignidad el que uno, ante el sentimiento del estremecimiento de todas las cosas, no haga más que esperar paciente y ciegamente el derrumbamiento del viejo edificio lleno de fisuras y atacado en sus raíces, dejándose aplastar por la pila de ruinas” (Hegel), vemos, en algunos signos que no permite descifrar el modo de develamiento espectacular, prepararse el inevitable Éxodo fuera “del viejo edificio lleno de fisuras”. Ya ahora, masas de hombres silenciosos y solitarios aparecen, los cuales eligen vivir dentro de los intersticios del mundo mercantil y rechazan participar en todo lo que tenga relación con él. No se trata solamente de que los encantos de la mercancía les dejen obstinadamente fríos, llevan consigo además una sospecha inexplicable sobre todo lo que les vincula al universo que ella ha modelado, y que ahora se hunde. Al mismo tiempo, los disfuncionamientos cada vez más patentes del Estado capitalista, que ha llegado a ser incapaz de cualquier integración respecto a la sociedad sobre la cual se erige, garantizan en su seno la subsistencia necesariamente temporal de espacios de indeterminación, de zonas autónomas cada vez más vastas y numerosas. Se dibuja allí todo un ethos, todo un mundo infraespectacular que parece ser un crepúsculo, pero que en realidad es un alba. Formas de vida aparecen, cuya promesa va mucho más allá de la descomposición. En muchos aspectos, esto se asemeja a una experiencia masiva de la ilegalidad y la clandestinidad. Existen momentos en que ya se vive como si este mundo no siguiera existiendo. Mientras tanto, y como una confirmación de este mal presagio, vemos multiplicarse las crispaciones y los endurecimientos desesperados de un orden que siente que muere. se habla de reforma de la República, cuando el tiempo de las repúblicas ha pasado. se habla todavía del color de las banderas, cuando es la era de las banderas la que se ha ido. Tal es el espectáculo grandioso y mortal que se devela a quien se atreve a considerar su tiempo desde el punto de vista de su negación, es decir, desde el punto de vista del Partido Imaginario.


IX

El período histórico en el que entramos ha de ser un tiempo de extrema violencia y de grandes desórdenes. El estado de excepción permanente y generalizado es la única manera con la que puede mantenerse la sociedad mercantil, cuando ésta ha terminado de socavar sus propias condiciones de posibilidad para instalarse duraderamente en el nihilismo. Sin lugar a dudas, la dominación sigue teniendo para sí misma la fuerza —tanto la fuerza física como la simbólica—, pero ya no tiene más que esto. Al mismo tiempo que el discurso de su crítica, esta sociedad ha perdido el discurso de su justificación. Se encuentra aquí ante un abismo, al que descubre como su corazón. Y es esta verdad por todas partes sensible a la que disfraza sin parar, abrazando para cualquier propósito el “lenguaje de la adulación”, en el cual “el contenido del discurso que el espíritu tiene de sí mismo y sobre sí mismo es la perversión de todos los conceptos y realidades, es el engaño universal de sí mismo y de los otros, y la desvergüenza de enunciar ese engaño es por ello la mayor verdad”, y en el cual “la simple consciencia de lo verdadero y del bien […] no puede decir nada a este espíritu que no haya sabido y dicho él mismo”. En estas condiciones, “si la consciencia simple exige finalmente la disolución de todo este mundo de perversión, resulta que esa consciencia no puede exigir al individuo que se aleje de ese mundo, pues incluso Diógenes en su tonel está condicionado por ese mundo; además, esa exigencia hecha al individuo singular es precisamente lo que pasa por el mal, pues el mal consiste en preocuparse de sí mismo en cuanto singular […]. La exigencia de tal disolución sólo puede dirigirse al espíritu mismo de la cultura”. Se reconoce en esto la descripción verdadera del lenguaje que a partir de ahora habla la dominación en sus formas más avanzadas, cuando ha incorporado a su discurso la crítica de la sociedad de consumo, la del espectáculo y la de su miseria. La “cultura Canal+” y el “espíritu Inrockuptibles” proporcionan, para Francia, ejemplos pasajeros de esto, pero significativos. Más generalmente es el lenguaje centelleante y sofisticado del cínico moderno, quien ha identificado definitivamente todo uso de la libertad con la libertad abstracta de aceptar todo, pero a su manera. En su soledad habladora, la consciencia aguda de su mundo se enorgullece de su perfecta impotencia para cambiarlo. Se encuentra incluso movilizada de manera maníaca contra la consciencia de sí y contra toda búsqueda de sustancialidad. Tal mundo, que “sabe todo como extrañado de sí mismo, sabe al ser-para-sí separado del ser-en-sí, o aquello a que se apunta y aquello a que se aspira separados de la verdad” (Hegel), que, en otros términos, en tanto domina todo efectivamente, se ha dedicado al lujo de reconocer abiertamente su dominación como vana, absurda e ilegítima, sólo reclama en su contra, y como única respuesta a lo que enuncia, la violencia de aquellos que, tras haber sido desnudados por él de todo derecho, sacan su derecho en la hostilidad. Ya no se puede reinar inocentemente.


X

En este estadio, la dominación, que siente cómo se le escapa la vida inexorablemente, se vuelve loca y aspira a una tiranía de cuyos medios está desprovista. El Biopoder y el Espectáculo corresponden, como momentos complementarios, a esta última radicalización de la aberración mercantil que parece ser su triunfo y preludia su ruina. En ambos casos, se trata de erradicar de la realidad todo cuanto, en ella, excede a su representación. Al final, una desbocada arbitrariedad se une a este edificio en ruinas que pretende dirigir todo y aniquilar lo antes posible todo cuanto se atreva a darse una existencia independiente de él. Es aquí donde nosotros nos encontramos. La sociedad del Espectáculo se ha vuelto intratable sobre este punto: hace falta participar en el crimen colectivo de su existencia, nadie debe ser capaz de pretender permanecer exterior a ella. Esa sociedad ya no puede tolerar la existencia de este colosal partido de la abstención que es el Partido Imaginario. Hace falta “trabajar”, es decir, mantenerse en todo instante a su disposición, ser movilizable. Para lograr sus fines, hace uso en una medida igual de los medios más burdos, como la amenaza del hambre, y los más solapados, como la Jovencita. La cantinela marchitada de la “ciudadanía”, que cunde por todas partes y entre todos, expresa la dictadura del deber abstracto de participación en una totalidad social que se ha autonomizado de todas las maneras posibles. Y es así, por el hecho mismo de esta dictadura, como el partido negativo de la negatividad llega poco a poco a unificarse, y como adquiere un contenido positivo. Pues los elementos de la multitud de los indiferentes que se ignoraban mutuamente y que no pensaban ser de ningún partido, se ven todos de igual modo como el blanco de una dictadura única y central, la dictadura del Espectáculo, de la cual el asalariado, la mercancía, el nihilismo o el imperativo de visibilidad no son más que algunos aspectos parciales. Es pues la dominación misma quien les impone, a ellos que estarían con mucho gusto contentos por una existencia flotante, reconocerse como lo que son: unos rebeldes, unos Waldgänger. “El enemigo contemporáneo no para de imitar al ejército del faraón: persigue a los fugitivos y a los desertores, pero nunca consigue adelantarlos o afrontarlos” (Paolo Virno, Milagro, virtuosidad y déjà-vu). En el curso de este éxodo, solidaridades inéditas se constituyen, amigos y hermanos se congregan detrás de las nuevas líneas del frente que se dibujan, la oposición formal entre el Espectáculo y el Partido Imaginario deviene concreta. Se desarrolla así, entre los que toman acto de su marginalidad esencial, un poderoso sentimiento de pertenencia a la no-pertenencia, una suerte de comunidad del Exilio. La simple sensación de la extrañeza hacia este mundo se transforma, según el criterio de estas circunstancias, en una intimidad con la extrañeza. La fuga, que no era más que una ocurrencia, deviene una estrategia. Ahora bien, “la fuga —dice la trigésimo sexta estratagema— es la política suprema”. Pero entonces, el Partido Imaginario ya no es sólo imaginario: comienza a conocerse como tal y camina con lentitud hacia su realización, la cual es su ruina. A partir de aquí la hostilidad metafísica respecto a esta sociedad ha dejado de ser vivida sobre un modo puramente negativo, como indiferencia lisa hacia todo lo que puede sobrevenir, como rechazo a desempeñar un papel, como puesta en tela de juicio de la dominación mediante el rechazo a la denominación. Dicha hostilidad ha tomado un carácter positivo y de este modo tan perfectamente inquietante, que el poder no se equivoca, en su paranoia, al ver terroristas por todas partes. Se trata de un odio frío y limpio, como puede serlo una angina, que por el momento no se expresa abierta y teóricamente, sino más bien mediante una parálisis práctica de todo el aparato social, mediante una malevolencia muda y obstinada, mediante el sabotaje de toda innovación, movimiento e inteligencia. No existe “crisis” en ninguna parte, sólo existe la omnipresencia del Partido Imaginario, cuyo centro está por todas partes y su circunferencia en ninguna, pues opera sobre el mismo territorio que el Espectáculo.


XI

Cada uno de los fracasos de esta sociedad debe, por tanto, ser comprendido positivamente, como la obra del Partido Imaginario, como la obra de la negatividad, es decir, de lo humano: dentro de tal guerra, todo lo que niega a uno de los partidos, incluso sólo subjetivamente, respalda objetivamente al otro. La radicalidad de los tiempos impone sus condiciones. Independientemente del Espectáculo, la noción de Partido Imaginario es lo que vuelve visible la nueva configuración de las hostilidades. El Partido Imaginario reivindica la totalidad de lo que en pensamientos, palabras o actos conspira por la destrucción del orden presente. El desastre es su obra.


XII

Hasta cierto punto, el Partido Imaginario corresponde al espectro, a la presencia invisible o al retorno fantaseado de lo Otro en una sociedad en que toda alteridad ha sido suprimida; fue la puesta en equivalencia separada de todo lo que la ha generalizado. Pero esta pesadilla, esta idea de suicidio que pasa por la cabeza del Espectáculo, si se tiene en cuenta el propio carácter imaginario de la producción social presente, no puede tardar en engendrar su realidad como consciencia que deviene práctica, como consciencia inmediatamente práctica. El Partido Imaginario es el otro nombre de la enfermedad vergonzosa del poder estremecido: la paranoia, que Canetti definió muy vagamente como “la enfermedad de los poderes”. El despliegue desesperado y planetario de dispositivos de control del espacio público cada vez más masivos y sofisticados materializa de manera punzante la locura asilaria de la dominación herida, que persigue aún el viejo sueño de los Titanes, el sueño de un Estado universal, cuando ya es sólo un enano entre los demás, y con ello una enfermedad. En esta fase terminal, ya no habla más que de lucha contra el terrorismo, la delincuencia, el extremismo y la criminalidad, porque tiene constitutivamente prohibido mencionar explícitamente la existencia del Partido Imaginario. Esto además representa para ella, en el combate, una desventaja muy cierta, ya que no es capaz de designar al odio de sus fanáticos “el enemigo verdadero que infunde una valentía infinita” (Kafka).


XIII

No obstante, es preciso reconocer que esta paranoia no carece de razones, tomando en cuenta la dirección del desarrollo histórico. Es un hecho que en el punto al que hemos llegado dentro del proceso de socialización de la sociedad, cada acto individual de destrucción constituye un acto de terrorismo, lo cual quiere decir que apunta objetivamente a la sociedad en su conjunto. Así por ejemplo, en el extremo, el suicido, que manifiesta con un solo gesto la confusión de la muerte y la libertad, aquello que limita, suspende y anula la soberanía del Biopoder, y que adquiere con ello el sentido de un atentado directo contra la dominación, que se ve así arrebatar una bella fuerza de consumo, de producción y reproducción de su mundo. De la misma manera, cuando la ley no descansa ya sobre ninguna otra cosa que su promulgación, es decir, sobre la fuerza y la arbitrariedad cuando entra en una fase de proliferación autónoma, y por encima de todo, cuando ningún ethos le da ya sustancia, todo crimen debe entonces ser comprendido como una contestación total de un orden social sólidamente arruinado. Todo asesinato no es ya el asesinato de una persona particular —suponiendo que una cosa como una “persona particular” sea todavía posible— sino puro asesinato, sin objeto ni sujeto, sin culpable ni víctima. Este asesinato es inmediatamente un atentado contra la ley, que si bien no existe, quiere reinar en todas partes. A partir de ahora, las infracciones más insignificantes han cambiado de sentido. Todos los crímenes han devenido crímenes políticos, y es esto precisamente lo que la dominación debe ocultar a toda costa para velar a todos el hecho de que una época ha quedado atrás, de que la violencia política, tras haber sido enterrada con vida, viene a saldar cuentas bajo formas que se le desconocían. Así pues, el Partido Imaginario se manifiesta flanqueado de un cierto carácter de terrorismo ciego, al cual el Espectáculo puede captar intuitivamente. Sin lugar a dudas, es posible interpretarlo como el momento en que todas las sociedades mercantiles desarrolladas interiorizan la negación que mantenían en la exterioridad ilusoria, aunque catártica, del “socialismo realmente existente”, pero esto es su aspecto más superficial. También es lícito para cada uno disminuir su carácter insólito al constatar que, por regla general, “una unidad política sólo puede existir como res publica, como publicidad, y esto se pone en discusión cada vez que en ella se crea un espacio de no-publicidad que sea una desaprobación efectiva de la primera”. Y ciertamente no resulta raro, entonces, que algunos tomen el partido de “desaparecer en la sombra y transformarla en un espacio estratégico, del cual partirán los ataques que destruirán el lugar donde hasta ahora el imperium se encuentra manifestado así como a la vasta escena de la vida pública oficial, todo lo cual una inteligencia tecnocrática no sabría organizar” (Carl Schmitt, Teoría del partisano). Es una tentación constante, en efecto, concebir la existencia positiva del Partido Imaginario simplemente bajo la figura familiar de la guerrilla, de la guerra civil, de la guerra de partisanos, de un conflicto sin línea del frente precisa ni declaración de hostilidades, sin armisticio ni tratados de paz. Y en muchos aspectos, se trata por mucho de una guerra que no es nada más allá de sus actos, de sus violencias y sus crímenes y que hasta este momento parece no tener otro programa que el de devenir violencia consciente, es decir, consciente de su carácter metafísico y político.


XIV

Puesto que el Espectáculo no puede (en virtud de la aberración congénita de su visión del mundo así como de consideraciones estratégicas) decir nada, ver nada ni comprender nada del Partido Imaginario, cuya sustancia es puramente metafísica, la forma particular bajo la cual este último hace irrupción en la visibilidad es la forma-catástrofe. La catástrofe es lo que devela, pero no puede ser develado. Con ello es preciso comprender que la catástrofe no existe sino para el Espectáculo, del cual arruina de un solo golpe y sin retorno toda su paciente labor de hacer pasar por el mundo lo que es sólo su Weltanschauung, que se señala además porque es incapaz, como todo lo que se ha acabado, de concebir su aniquilamiento. En cada “catástrofe”, es el modo mismo de develamiento mercantil lo que se ve a sí mismo develado y suspendido. Su carácter de evidencia vuela aquí en pedazos. La totalidad de las categorías que impone usar en la aprehensión de la realidad queda arruinada. El interés, la equivalencia, el cálculo, la utilidad, el trabajo y el valor son puestos en desbandada por lo inasignable de la negación. Por eso el Partido Imaginario es conocido en el Espectáculo como el partido del caos, la crisis y el desastre.


XV

Es en la medida exacta en que la catástrofe es la verdad en estado de fulguración, que los hombres del Partido Imaginario trabajan para hacerla advenir, por todos los medios. Los ejes de comunicación son blancos privilegiados para ellos. Saben cómo unas infraestructuras que “valen millones” pueden ser anuladas con un solo golpe de audacia. Conocen las debilidades tácticas, los puntos de menor resistencia y los momentos de vulnerabilidad de la organización adversa. Aparte de esto, pueden ser capaces de elegir más libremente que aquélla el teatro de sus operaciones, y actúan en el punto en que fuerzas ínfimas son capaces de causar grandes daños. Lo más problemático es que cuando se les interroga al respecto, ciertamente saben todo de sus acciones, aunque sin saber que lo saben. Y así, un obrero anónimo de una fábrica de embotellamiento vierte “porque sí” cianuro en un puñado de latas, un joven asesina a un turista en nombre de la “pureza de la montaña” y firma su crimen como “el mecías” (sic), otro revienta “sin razón aparente” los sesos de su padre pequeñoburgués el día de su fiesta, un tercero abre fuego sobre el rebaño prudente de sus camaradas de escuela, un último arroja “gratuitamente” bloques de cemento sobre los coches en marcha desde lo alto de los puentes peatonales de una autopista, cuando no los está incendiando en sus estacionamientos. En el Espectáculo, el Partido Imaginario no parece estar compuesto de hombres, sino de actos extraños, en el sentido en que los entiende la tradición sabatea. Sin embargo, estos actos no están ellos mismos vinculados entre ellos, sino sistemáticamente contenidos en el enigma de la excepción; nunca se pensaría en ver en ellos las manifestaciones de una sola y misma negatividad humana, pues se desconoce lo que es la negatividad; además, se desconoce también lo que es la humanidad, e incluso si eso existe. Todo esto sobresale en el registro de lo absurdo, y a este precio no es gran cosa que no sobresalga ahí. Por encima de todo, el se no quiere ver que se tratan en realidad de ataques dirigidos contra él y su ignominia. Así pues, desde el punto de vista espectacular, desde el punto de vista de una determinada alienación del estado de explicitación pública, el Partido Imaginario se resume en un conjunto confuso de actos criminales gratuitos y aislados, de los cuales los autores no poseen su sentido, así como a la irrupción periódica en la visibilidad de formas cada vez más misteriosas de terrorismo; cosas ellas que terminan igualmente por producir, con el tiempo, la impresión desagradable de que uno no está resguardado de nada en el Espectáculo, de que una oscura amenaza pesa sobre el ordenamiento vacío de la sociedad mercantil. Indiscutiblemente, el estado de excepción se ha generalizado. Nadie puede ya aspirar, en cualquiera de los campos, a la seguridad. Y esto es bueno. Nosotros sabemos actualmente que el desenlace está próximo. “La santidad lúcida reconoce en sí misma la necesidad de destruir, la necesidad de una salida trágica” (Bataille, El culpable).


XVI

La configuración efectiva de las hostilidades que la noción de Partido Imaginario vuelve legible está esencialmente marcada por la asimetría. Actualmente no lidiamos con la disputa entre dos campos que rivalizarían por la conquista de un mismo trofeo alrededor del cual, a final de cuentas, se volverían a encontrar. Aquí, los protagonistas se mueven sobre planos tan perfectamente extraños el uno del otro que sólo se encuentran en muy raros puntos de intersección, y después de todo, más o menos al azar. Pero esta extrañeza misma es asimétrica: ya que, si para el Partido Imaginario el Espectáculo no guarda misterio, para el Espectáculo el Partido Imaginario debe seguir siendo para siempre un arcano. De esto se sigue una consecuencia estratégica de primera magnitud: mientras que nosotros podemos fácilmente designar a nuestro enemigo, que además es por esencia lo designable, nuestro enemigo, por su parte, no puede designarnos. No existe uniforme alguno del Partido Imaginario, pues el uniforme es precisamente el atributo central del Espectáculo. Es por eso que todo uniforme debe sentirse amenazado ahora y, con él, todo aquello cuyo lema él representa. En otros términos, el Partido Imaginario reconoce sólo a sus enemigos, no a sus miembros, pues sus enemigos son precisamente todos aquellos que uno reconoce. Los hombres del Partido Imaginario, al reapropiarse su ser-Bloom, se han reapropiado el anonimato al que fueron restringidos. Así, devuelven contra el Espectáculo la situación a la que los llevó, y la disponen como una condición de invisibilidad. De cierta manera, han hecho pagar a esta sociedad el crimen imprescriptible de haberlos despojado de su nombre —es decir, del reconocimiento de su singularidad soberana y, con esto, de toda vida propiamente humana—, de haberlos excluido de toda visibilidad, de toda comunidad y de toda participación, de haberlos arrojado a la indistinción de la muchedumbre, a la nada de la vida ordinaria, a la masa suspendida de los homo sacer, y de haber impedido a su existencia el acceso al sentido. Es de esta condición, en la cual uno quisiera mantenerlos, que ellos parten. Resulta perfectamente insuficiente, aunque al mismo tiempo significativo de cierta impotencia intelectual, señalar que, en este terrorismo, los inocentes reciben el castigo “de no ser nada, de quedar sin destino, de haber sido desposeídos de su nombre por un sistema él mismo anónimo del que se vuelven entonces su encarnación más pura. [Visto que] son los productos terminados de lo social, de una socialidad abstracta ahora mundializada” (Baudrillard). Pues cada uno de esos asesinatos sin motivación ni víctima designada, cada uno de esos sabotajes anónimos, constituye un acto de Tiqqun. Ejecuta la sentencia que este mundo ha pronunciado ya contra sí mismo. Reduce a la nada lo que el Espíritu había abandonado, a la muerte lo que ya sólo vivía sobreviviendo, a la ruina lo que desde hace mucho tiempo ya sólo era escombros. Y si hiciera falta aceptar para estos actos el absurdo calificativo de “gratuitos”, es porque no apuntan más que a manifestar lo que ya es verdadero, pero está todavía oculto, a realizar lo que ya es real, pero no reconocido como tal. Ellos no agregan nada al curso del desastre, simplemente toman acto y dan acto.


XVII

Que su enemigo no tenga cara, ni nombre, ni nada que forme parte de una identidad, que se presente siempre, a pesar de sus designios colosales, bajo el disfraz de un perfecto Bloom, he aquí lo que es adecuado para desencadenar la paranoia del poder. Johann Georg Elser, cuyo atentado de bomba, en Múnich el 8 de noviembre de 1939, perdonó la vida de Hitler sólo por un ligero golpe de suerte, proporciona el modelo de lo que hundirá, en los años que vienen, a la dominación mercantil en un pavor cada vez más sensible. Elser era un Bloom modelo, tanto lo era que una expresión así no enuncia una contradicción inaceptable. Todo en él evocaba a la neutralidad y la nada. Su ausencia en el mundo era completa, su soledad absoluta. Su banalidad misma era banal. La pobreza de espíritu, la falta de personalidad y la insignificancia eran sus únicos atributos, pero nunca llegaron a singularizarlo. Cuando cuenta su vida cualquiera de carpintero, todo sale a partir de una impersonalidad que no tiene fondo. Nada despierta en él pasión alguna. La política y la ideología lo dejan igualmente indiferente. No sabe ni lo que es el comunismo ni lo que es el nacionalsocialismo, y sin embargo es un obrero, en Alemania, en los años 30 de este siglo. Y cuando los “jueces” lo interrogan sobre los motivos de un acto que le ha tomado un año preparar con un cuidado minucioso, sólo consigue mencionar el aumento de los descuentos sobre el salario de los trabajadores. Declara incluso que no tenía la intención de eliminar el nacionalsocialismo, sino sólo a algunos hombres que juzgaba malos. Y fue un ser así quien fracasó en salvar el mundo de una guerra mundial y sufrimientos sin igual. Su proyecto no descansaba sobre nada, nada más que la resolución solitaria de devastar aquello cuya existencia lo negaba, aquello que le era indeciblemente enemigo, aquello que representaba la hegemonía del Mal. No sacaba su derecho más que de sí mismo, es decir, de lo explosivo absoluto de su decisión. El “partido del orden” tendrá que enfrentarse, y lo hace ya, a la multiplicación de tales actos elementales de terrorismo, a los cuales no puede ni comprender ni prever, ya que no se autorizan por nada más que la inquebrantable soberanía metafísica, la loca posibilidad de desastre que cada existencia humana porta en sí misma, aunque sea en una dosis infinitesimal. Nada puede poner en resguardo de tales erupciones, las cuales apuntan a lo social en respuesta al terrorismo de lo social, ni siquiera la gloria. Su blanco es vasto como el mundo. Por eso, todo lo que se emplea para permanecer en el Espectáculo debe a partir de ahora vivir en el terror de una amenaza de aniquilación, de la que nadie sabe de dónde emana ni a qué concierne y de la que apenas se puede adivinar que tenga propensión a ser ejemplar. En semejantes hazañas, la falta de objetivo descifrable forma necesariamente parte del objetivo mismo, pues es de este modo como manifiestan una exterioridad, una extranjería, una irreductibilidad al modo de develamiento mercantil, pues es de este modo como lo corroen. De lo que se trata es de esparcir la inquietud que hace metafísicos a los hombres, y la duda que agrieta piso a piso la interpretación dominante del mundo. Resulta vano, por tanto, que se nos atribuya un fin inmediato, si no es quizá la esperanza de provocar una avería más o menos duradera de la máquina en su conjunto. Nada es más capaz de abolir la totalidad del mundo de la alienación administrada que una de esas suspensiones milagrosas en que bruscamente vuelve toda la humanidad que el Espectáculo eclipsa habitualmente, en que se derrota al imperio de la separación, en que las bocas redescubren la palabra a la cual se sienten obligadas, en que los hombres renacen a la mirada de sus semejantes y con la inextinguible necesidad que de ellos tienen. La dominación a veces necesita varias décadas para recuperarse completamente de uno solo de esos momentos de intensa verdad. Pero uno se confundiría gravemente acerca de la estrategia del Partido Imaginario si la redujera a la persecución de la catástrofe. No se confundiría menos al atribuirnos la niñería de querer pulverizar con un solo golpe no se sabe qué cuartel general donde el poder se encontraría concentrado. No se toma por asalto un modo de develamiento como si se tratara de una fortaleza, incluso si una pudiera útilmente conducir a la otra. Por eso, el Partido Imaginario no apunta a la insurrección general contra el Espectáculo, ni siquiera a su destrucción directa e instantánea. Más bien agencia un conjunto de condiciones tales que la dominación sucumba lo más deprisa y largamente posible a la parálisis progresiva a la que la condena su paranoia. Si bien no abandona en ningún momento el designio de acabarlo él mismo, su táctica no consiste en atacarlo de frente, sino, en el acto mismo de escurrirse, en orientar y apresurar el desenlace de su enfermedad. “Es en esto que es temible para los detentadores de un poder que no le reconoce: al no dejarse asir, al ser tanto la disolución del hecho social como la obstinación reacia a reinventar éste como una soberanía que la ley no puede circunscribir” (Blanchot, La comunidad inconfesable). Impotente frente a la omnipresencia de este peligro, la dominación, que se siente cada vez más sola, traicionada y frágil, no tiene otra elección que extender el control y la sospecha a la totalidad de un territorio en que la libre circulación sigue siendo, sin embargo, su principio vital. Puede rodear sus “gated communities” de tantos guardias como quiera; el suelo no dejará de escurrirse menos por debajo de sus pies. Está en la esencia del Partido Imaginario mermar por todas partes el fundamento mismo de la sociedad mercantil: el crédito. Su acción disolvente no se conoce otro límite que el derrumbamiento de eso que ella mina.


XVIII

No es tanto el contenido de los crímenes del Partido Imaginario lo que tiende a arruinar el imperium de la paz sanguinaria, como lo es su forma. Pues su forma es la de una hostilidad sin objeto preciso, la de un odio fundamental que surge, independientemente de cualquier obstáculo, desde la interioridad más insondable, desde las profundidades inalteradas donde el hombre mantiene un contacto verdadero consigo mismo. Es por esto que emana de ellos una fuerza que toda la habladuría del Espectáculo no consigue encauzar. Los niños japoneses, que podemos merecidamente considerar como una apasionada vanguardia del Partido Imaginario, han forjado algunas locuciones verbales para designar ese acceso de cólera absoluta, en el cual algo los arrastra, algo que es y no es ellos, que es mucho más que ellos. La más extendida de entre ellas es mukatsuku; significa originalmente “tener náuseas”, es decir, estar poseído por la más física de las sensaciones metafísicas. En esta rabia especial se da algo sagrado.


XIX

Sin embargo, es evidente que el Espectáculo ya no puede contentarse, ante esas masacres, crímenes y catástrofes que le asedian, ante ese peso inexplicable que se acumula, con constatar la extensión de una hiancia en su visión del mundo. Por lo demás, él lo expresa sin rodeos: “Sin duda nos gustaría que esta violencia fuera fruto de la miseria, de la gran pobreza. Esto sería más fácil de admitir” (Événement du Jeudi, 10 de septiembre de 1998). Como lo podemos observar con una enternecedora regularidad, su primer movimiento consiste en adelantar una explicación a todo precio, incluso si arruina todo aquello sobre lo cual en teoría descansa. Así, cuando el patético de Clinton es llamado a rendir razón y sacar las consecuencias del Bello Gesto de Kipland Kinkel, Bloom ejemplar en muchos aspectos, no encuentra otro responsable que “la influencia de la nueva cultura de las películas y los juegos violentos”. Al hacerlo, presenta la constatación de la transparencia, insustancialidad y liquidación radicales del sujeto por parte la dominación mercantil, y reconoce públicamente que la trágica robinsonada sobre la que ésta pretende fundarse —la irreductibilidad de la persona jurídica individual— ya no es tolerable. Socava ingenuamente el principio mismo de la sociedad mercantil, sin el cual el derecho, la propiedad privada, la venta de la fuerza de trabajo y hasta aquello que ella llama “cultura”, conciernen a lo sumo a la literatura fantástica. El se prefiere incluso sacrificar el edificio completo de su pseudojustificación antes que penetrar las razones y naturaleza del enemigo. Pues entonces, tendría que estarse de acuerdo con Marx en que “la coincidencia de la transformación de las circunstancias y de la actividad humana o la autotransformación del hombre sólo puede ser captada y comprendida racionalmente como praxis revolucionaria”. Y después, en un segundo paso, uno cae de nuevo sobre esta confesión, que uno trata actualmente de borrar; es el penoso momento en que uno queda exhausto con epílogos ridículos sobre la psicología inexistente del Bloom que ha pasado al acto. A pesar de estas interminables consideraciones, no conseguimos prevenirnos del sentimiento que es en el fondo, durante este proceso, el se mismo quien es juzgado, y la sociedad quien ocupa el lugar del acusado. Sólo puede ser evidente que el origen de su gesto no tiene nada de subjetivo, que simplemente se opone, en la santidad, a la objetividad de la dominación. En este punto, incluso se llega a confesar, de mala gana, que en efecto es una guerra social la que se está lidiando, sin precisar, no obstante, cuál guerra social, es decir, quiénes son sus protagonistas: “Los autores de estos golpes de locura, estos nuevos bárbaros, no son todos inadaptados sociales. La mayoría de las veces son personas muy ordinarias” (Evénement du Jeudi, 10 de septiembre de 1998). Es ahora esta última retórica de la hostilidad absoluta, en la que el enemigo, que se ha tenido cuidado de nombrar, es declarado bárbaro y arrojado fuera de la humanidad, lo que tiende a imponerse de manera universal. La prueba es que a partir de ahora es posible escuchar, justo en medio de un período de supuesta paz social, a un potentado cualquiera de los transportes públicos proclamar: “Nos dirigimos a la reconquista del territorio”. Y de hecho, vemos esparcirse por todas partes, bajo formas generalmente confeccionadas, la certeza de la existencia de un enemigo interior innombrable, que proseguiría una acción continua de sabotaje; pero esta vez, desgraciadamente, ya no hay kuláks que haya que “liquidar en cuanto clase”. Sería un error, entonces, no suscribir la perspectiva paranoica, que supone detrás de la multiplicidad inarticulada de las manifestaciones del mundo a una voluntad única armada con designios oscuros: pues en un mundo de paranoicos, son los paranoicos quienes tienen razón.


XX

Que el Espectáculo tema albergar en su seno un partido imaginario, incluso si es en realidad lo inverso lo que se produce —en efecto, es más bien el Partido Imaginario quien alberga en su aura al Espectáculo—, traiciona bastante su sospecha de que cuando ha calificado aquellos actos de destrucción como “gratuitos”, no ha dicho todo lo que hay que decir sobre ellos. Resulta flagrante que el conjunto de las malas acciones que se atribuyen a esos “locos”, a esos “bárbaros”, a esos “irresponsables”, contribuyen todas de manera adyacente a un proyecto único no formulado: la liquidación de la dominación mercantil. En última instancia, se trata siempre de volverle objetivamente la vida imposible, de propagar la inquietud, la duda y el recelo, de hacer, en la modesta medida de los medios de cada uno, todo el mal posible. Nada puede explicar más la ausencia sistemática de remordimiento entre esos criminales que el sentimiento mudo de participar en una grandiosa obra de devastación. Con toda evidencia, esos hombres en sí mismos insignificantes son los agentes de una razón severa, histórica y trascendente que reclama el aniquilamiento de este mundo, es decir, el cumplimiento de su nada. Lo único que los distingue de las fracciones conscientes del Partido Imaginario es el hecho de que ellas no trabajan por el fin del mundo, sino por el fin de un mundo. Esta diferencia puede, en un momento dado, dejar un espacio suficiente para el odio más razonado. Pero esto no tiene importancia para el Partido Imaginario mismo, el cual debe seguir siendo la próxima figura del Espíritu.


XXI

Los hombres del Partido Imaginario combaten como irregulares. Son voluntarios en aquella guerra de España en la que el ocupante espectacular queda arruinado al estacionar sus tropas y municiones, y en la que hace estragos una dialéctica paroxística al término de la cual “la fuerza y la importancia de la irregularidad quedan determinadas por la fuerza y la importancia de la organización regular que aquélla pone en tela de juicio” (Carl Schmitt), y viceversa. El Partido Imaginario puede contar con el hecho de que un puñado de partisanos son suficientes para inmovilizar completamente al “partido del orden”. En la guerra que se libra actualmente, no queda nada de un jus belli. La hostilidad es absoluta. Al mismo “partido del orden” no le avergüenza recordarlo de vez en cuando: il faut opérer en partisan partout où il y a des partisans (basta saber lo que las prisiones han llegado a ser en la última década, y de qué manera los diversos policías han tomado al mismo tiempo la costumbre de proceder con los “marginados”, para comprender lo que tal consigna puede significar en términos de sangrienta arbitrariedad). Por eso, en la medida en que subsista la dominación mercantil, los hombres del Partido Imaginario tendrán que esperar a ser tratados por ella como criminales, o como animales de caza, dependiendo. La desproporción de las armas y las penas que se blanden a partir de ahora en su contra no se relacionan con una coyuntura cualquiera de la política de represión, sino que es consustancial de lo que es, y de lo que es su enemigo. Lo que con esto se expresa es el simple hecho de que el Partido Imaginario contiene en su principio la negación de todo aquello sobre lo que se erige la dominación mercantil, una negación que se habrá manifestado en acto, antes de manifestarse como discurso. A diferencia de las revoluciones del pasado, la rebelión que viene no apela a ninguna de las trascendencias seculares que el desgaste continuado por tantos regímenes opresores ávidos de justificarse ha terminado por volver odiosas. En ningún momento pretende obtener su legitimidad del Pueblo, la Opinión, la Iglesia, la Nación o la Clase Obrera, incluso bajo una forma atenuada. No funda su causa sobre nada, pero esta nada es la Nada que sabemos idéntica al Ser. Que sus crímenes den testimonio de una soberanía tan milagrosa, proviene del hecho de que ésta no se inscribe en ninguna de esas trascendencias particulares, por otra parte difuntas, sino que se arraiga más bien en la Trascendencia en cuanto tal, sin intermediarios. Es de este modo como representa para el Estado mercantil el peligro más formidable que haya visto jamás crecer frente a sí. Lo que a partir de ahora le obstaculiza no se opone a tal o cual aspecto del derecho, ni a tal o cual ley, sino que más bien ataca a lo que precede a toda ley, a la obligación de obediencia misma. Peor aún, el partisano del Partido Imaginario evoluciona en la más completa violación de todas las reglas existentes sin tener jamás el sentimiento de transgredirlas, actuando con total desprecio a éstas. No se opone al derecho, lo depone. Aspira a una justificación superior a todas las leyes escritas y no escritas: el texto sin ley que él mismo es. Renueva así el escándalo absoluto de la doctrina sabatea, que afirmaba que “el cumplimiento de la Ley es su transgresión”, y la deja atrás. Constituye por sí mismo un fragmento del Tiqqun, en la medida en que es la viva abolición de la ley antigua, que repartía, dividía y separaba. Responde al estado de excepción con el estado de excepción, y reenvía así todo el edificio jurídico a su triste irrealidad. Por último, si no representa a nadie ni nada, esto no es así en absoluto por defecto, sino más bien al contrario por exceso, por rechazo al principio mismo de la representación. Partiendo de la irreductibilidad fundamental de toda existencia humana, se proclama a sí mismo como algo no susceptible de representación, como lo irrepresentable, pero también de este modo como el irrepresentante. Análogo en este sentido a la totalidad del lenguaje, o del mundo, desafía toda puesta en equivalencia concreta. Tal Partido Imaginario, que devuelve todo el monumento del derecho a su origen ínfimo de ficción novelesca, reduce al Estado mercantil al rango de una asociación de malhechores únicamente más consecuentes, organizados y poderosos que los demás. Esto no supone para nada una desorganización social cualquiera. Chicago, en los años veinte, fue ejemplarmente administrada. Como vemos, el Partido Imaginario es tan fundamentalmente antiestatal como antipopular. Nada le es más odioso que la idea de unidad política, excepto tal vez la idea de obediencia. En las condiciones presentes, no puede ser otra cosa que el no-partido de la multitud pues, como lo observaba enérgicamente ese granuja de Hobbes, “cuando los ciudadanos se rebelan contra el Estado, son la multitud contra el pueblo”.


XXII

Si la noción de Partido Imaginario nombra en primer lugar la negatividad en suspensión dentro de la época, al mismo tiempo que la invisibilidad de ésta, es preciso concebirla inseparablemente como la noción a partir de la cual se deja aprehender el contenido positivo de todas esas prácticas, de las cuales el Espectáculo capta únicamente lo negativo, es decir, lo que ellas no son. Él, que califica como “crisis de la política” a la deserción masiva del infecto espacio político instituido, como “crisis de la cultura” a la indiferencia obstinada que alberga a todos los conmovedores desechos que elabora temporada tras temporada el arte contemporáneo, como “fracaso de la educación” al rechazo creciente al encarcelamiento escolar, como “crisis económica” a la resistencia muda a la modernización capitalista y al rechazo cada vez más extendido a trabajar, como “crisis de la familia” al latrocinio resuelto de la insalubre familia nuclear, como “crisis del lazo social” a lo que no es sino el rechazo transparente a las relaciones sociales alienadas y las costumbres espectaculares, permanece ciego ante esta “revolución silenciosa […] que es invisible a muchos ojos y es especialmente difícil de observar por los contemporáneos, a la vez que es arduo comprenderla y caracterizarla”. Ignora que “el espíritu que se forma a sí mismo va madurando lenta y silenciosamente en dirección hacia su nueva figura, desintegrando fragmento tras fragmento el edificio de su mundo precedente y los estremecimientos de este mundo se anuncian solamente por medio de síntomas esporádicos; la frivolidad y el tedio que se apoderan de lo que subsiste todavía y el vago presentimiento de lo desconocido son los signos premonitorios de que algo distinto se avecina. Estos paulatinos desprendimientos, que no alteran la fisionomía del todo, se ven bruscamente interrumpidos por el amanecer que, cual un relámpago, resalta de un golpe la forma del nuevo mundo” (Hegel). Durante su muda de piel, bien es cierto, la serpiente permanece ciega.


XXIII

Toda la positividad del Partido Imaginario se localiza en el gigantesco ángulo muerto de lo irrepresentable, a lo cual el Espectáculo es atávicamente incapaz de simplemente entrever. Pues el Partido Imaginario no es, bajo todos sus aspectos, sino la consecuencia política de esa positividad, de la que la Metafísica Crítica es su concepto y el Bloom su figura. Cuando el Bloom (esa criatura que no es susceptible de ninguna determinación social que no sea negativa, y cuya característica principal, de acuerdo con Hannah Arendt —que lo identificó muy rápido con el hombre-masa—, es “el aislamiento y la falta de relaciones sociales normales”) deviene el modelo humano dominante en más de un mundo, la sociedad mercantil descubre que ya no tiene ningún punto de agarre sobre unas subjetividades que, sin embargo, ella formó completamente, de tal modo que, siguiendo su propio curso, engendró su propia negación. El fracaso de la dominación, causado por sus propios productos, aparece de manera privilegiada en la esfera de la sociología: el Bloom está en todas partes, pero la sociología no lo ve en ninguna. De manera similar, sería vano esperar de ella el que fuera capaz de dar cualquier indicación sobre la existencia efectiva del Partido Imaginario, cuya esencia le es extraterrestre. Y esto, dicho sea de paso, no es más que uno de los aspectos de la muerte de la sociología, la cual ha echado a perder definitivamente esa socialización de la sociedad que lleva consigo igualmente a la socialización de la sociología. Durante este proceso, la sociología se ha perdido al realizarse, viéndose ridiculizada como ciencia separada por sus propios lacayos, quienes se vieron obligados a volverse sus propios sociólogos mientras esto sucedía. Así, cuando una instancia central, única e indiferenciada —el Espectáculo— se hace cargo de la secreción continua de todos los códigos sociales, las ciencias sociales han reducido su participación —desde Weber hasta Bourdieu— al mero peso de sus mentiras. Con la muerte de la sociología, todo un sector de la crítica social clásica fundada sobre la sociología y como sociología termina por revelar su esencia bribona y servil al colapsarse. Dicha crítica ya no está al nivel de la época, ya no es apta ni para describirla ni para su contestación. Esta tarea regresa a partir de ahora a la Metafísica Crítica.


XXIV

Hasta ahora, uno se ha figurado de manera equivocada la línea del frente —a lo largo de la cual se reparten amigos y enemigos del orden dominante— como una recta continua. En lo que viene, es preciso sustituir esta representación con una imagen de líneas del frente circulares e innumerables, cada una de las cuales mantiene en su espacio-tiempo interior comunidades de hombres, prácticas y lenguajes absolutamente reacios a la dominación mercantil, y a las cuales esta última, de acuerdo con su lógica inmanente, asedia sin descanso. Todo lo que contribuye a mantener la representación antigua pertenece al campo del enemigo. La primera consecuencia de esta nueva geometría de la lucha concierne a la forma de propagación de la subversión. Ya no estamos tratando, frente al mundo de la mercancía autoritaria, con la avanzada, campaña tras campaña, de un frente —el de los pobres, los trabajadores o los condenados de la Tierra—, sino con un contagio semejante a la sucesión de las ondas concéntricas sobre la superficie del mercurio cuando le cae una gota. Aquí, el efecto de masas del pasado está idénticamente afectado por la intensidad de aquello que es vivido en el punto de caída. De esto se sigue que el sujeto revolucionario elemental ya no es la clase, o el individuo, sino la comunidad metafísica, sin importar su grado de exilio (esto es lo que testimonia por defecto el carácter fundamentalmente insignificante e inconsecuente, en el Espectáculo, de toda aventura personal, de toda historia privada). El buen geómetra no juzga exagerado reducir el mundo en su conjunto a esos focos minúsculos y dispersados, pues todo lo que no sea ellos, todo lo que no da vida a un contenido existencial particular y compartido, está, más allá del baile fastidioso de las apariencias, muerto. Cada una de esas comunidades metafísicas se eleva desde un mundo extremo en que los hombres ya sólo pueden encontrarse sobre la base de lo esencial y constituye, en medio del desierto, un polo exclusivo de sustancialidad. Todo reconocimiento que no poseyera sus propias leyes, toda superficialidad simple, resultan excluidos en su interior. Allá, algunas condiciones son creadas, en las cuales el Absoluto podría recubrir sus pretensiones temporales; y algunas posibilidades se abren, las cuales habían sido perdidas desde los levantamientos milenaristas y los movimientos mesiánicos judíos del siglo XVII. Sin importar lo que se haya dicho al respecto, la exigencia aguda de una fuerza y lenguaje nuevos que se haga sentir aquí ilumina bastante más allá de la miseria de nuestros tiempos. Y esto es precisamente lo que temen las fuerzas de descomposición, que prometen tan excesivos favores a aquellos que consentirían renunciar a sí mismos para hacerse amar por ellas. El Partido Imaginario sólo designa, en primer lugar, el hecho positivo de esa multitud de zonas autónomas libres de la dominación mercantil que experimentan hic et nunc, al margen del deterioramiento de lo Común alienado y de los últimos sobresaltos de un organismo social que perece, formas propias de Publicidad. Hasta aquí, ha sido la federación de éstas sólo para la intelección. Y lo que las vincula en efecto sólo es, inicialmente, un carácter pasivo: son comunidades en las que el sentido y la forma de la vida priman sobre la vida misma, donde el deber de ser ha sido elevado hasta un punto de incandescencia. Comparten por tanto la misma sustancia metafísica, si bien no lo saben todavía. Es sólo bajo los oscuros auspicios de la común persecución a la que las condena la hegemonía mundial de la mercancía que deben llegar a reconocerse a sí mismas por lo que son: fracciones del Partido Imaginario. En este proceso se da algo ineluctable: la resistencia de estas comunidades a la puesta en equivalencia generalizada las destina expresamente a las compactadoras de la abstracción reinante. Pero a final de cuentas, el único efecto identificable de esta opresión es que estos universos independientes se ven forzados uno por uno a salir de la inmediatez de su particularidad, y esto es así por su enemigo mismo, del que ellas reciben, en el curso del combate, su carácter universal. Y es en la medida exacta en que este enemigo no es otra cosa que un trabajo permanente de negación de la metafísica, como ellas acceden a la consciencia de eso que las une: no la afirmación de una metafísica particular, sino de la metafísica en cuanto tal. Este vínculo, aunque no es ciertamente inmediato, no tiene nada de formal, nada de construido; más bien es algo anterior a toda libertad, y que la funda: la hostilidad existencial, absoluta y concreta respecto al nihilismo mercantil. De esto se sigue que el Partido Imaginario no tiene que converger, contrariamente a todo lo que se ha llamado “partido” en el pasado, hacia una voluntad general, pues él comparte ya lo Común, identificado aquí con el lenguaje, con el Espíritu, con la metafísica o incluso con una política de la finitud (todos estos términos devienen en estas circunstancias otros de tantos pseudónimos de un solo y mismo Indecible). Por lo tanto, decir que la cohesión del Partido Imaginario es de un orden metafísico no quiere evocar otra cosa que la guerra cotidiana en la que cada uno de entre nosotros se encuentra siempre-ya comprometido, cohesión que le opone a la negación rumiante de toda forma de vida. En este punto, la necesidad de su unificación se impone a todos sus elementos, como idéntica a su devenir-consciente: “La lucha es, por un lado, entre el mundo moderno y, por otra parte, todos los otros mundos posibles” (Péguy, Notas conjuntas). Todos aquellos que, amando la verdad pero no ciertamente la misma verdad, simpatizan en desolar el despotismo de la irrisoria metafísica mercantil, se afilian al Partido Imaginario. Pero el movimiento mediante el cual la unidad se produce es asimismo el movimiento mediante el cual las diferencias se aterrizan y se congelan. Cada comunidad particular, en su lucha contra la universalidad vacía de la mercancía, se reconoce poco a poco como particular y se eleva a la consciencia de su particularidad, es decir que aprehende su reflejo y se mediatiza por lo universal. Se inscribe en la generalidad concreta del Espíritu, cuya progresión a través de las figuras celebra el banquete donde todas las irreductibilidades están embriagadas. Fragmento tras fragmento, la reapropiación de lo Común se prosigue. Es así como a lo largo del combate, el ballet nómada de las comunidades adquiere la estructuración compleja y arquitectónica de un sistema de castas metafísicas, cuyo principio sólo puede ser el juego, es decir, la consciencia soberana de la Nada. Cada reino metafísico lleva lentamente a cabo el aprendizaje de las fronteras de su territorio sobre el continente de lo Infinito. Al mismo tiempo, un común general se constituye, el cual contiene en sí todas las totalidades diferenciadas de los comunes regionales, lo cual quiere decir que es el trazado de sus limes. Es de prever que con la aproximación de la victoria, los hombres del Partido Imaginario ya no librarán estas batallas tanto para derrotar a un enemigo de cualquier manera disminuido como para al fin dar un libre curso a sus desacuerdos metafísicos, a los cuales planean vaciar físicamente y mediante el juego. En esto, son salvajes partidarios de la violencia, pero de una violencia agonística, altamente ritualizada y rica de sentido. Como se puede ver, y sería un error estar decepcionados al respecto, el triunfo del Partido Imaginario es a la vez su derrota, y su desintegración.


XXV

La forma de Publicidad que lleva y prefigura el Partido Imaginario no tiene nada en común con todo lo que ha podido elaborarse en la filosofía política clásica. Si se le tuviera que atribuir algún ancestro, habría que que remontarse a lo que se ha esbozado fugitivamente en raros y preciosos momentos de insurrección, en los Soviets, en las Comunas, en las colectividades aragonesas de 1936-1937, o en las escuelas secretas de la Cábala, por ejemplo la de Safed. Cada vez que esta última consiguió abrirse un acceso hasta la ingrata escena de la Historia, las consecuencias no tuvieron límites. Pocos de entre aquellos que vivieron los instantes en que ésta se dejaba divisar, haciendo estallar por bloques enteros todas las formas amputadas y limitadas de la Publicidad, fueron posteriormente capaces de soportar la visión del mundo como avanza, ellos cuyos ojos habían vislumbrado la aurora sin precedentes de la restitutio in integrum, del Tiqqun. Pero actualmente es por una consecuencia necesaria de la evolución, tal como se ha proseguido en todas las sociedades mercantiles desarrolladas, que esta cosa, de la cual no se había conocido más que su rompimiento violento, se instale silenciosamente en la calma y la duración, como desapercibida en la medida en que su avance parece obvio. Curioso espectáculo, ciertamente, este mundo en que las formas de existencia dominantes se saben, según el concepto, superadas, pero que persisten en el ser, como si nada hubiera pasado; mientras que, más allá de la alienación extrema de la Publicidad que el Espectáculo impone, y como contrapeso de esto, vemos aparecer, todavía mezclada con el principio contrario, una humanidad cuyo alimento exclusivo es el sentido, aunque sea adulterado. Despreocupados de la necesidad de producir, liberados del encadenamiento en la gleba del trabajo, mundos frágiles se componen para los cuales la afinidad electiva es todo y la servidumbre nada. Las ruinas de las metrópolis ya no contienen nada vivo además de esos fluidos agregados humanos de individuos, que, al no encontrar ya una verdadera razón para la alienación, la recorren en todos sus sentidos. La esclavitud de los hombres del Espectáculo les parece tan extravagante como su libertad es incomprensible para estos últimos. En la suspensión de su existencia, la problematicidad del mundo ha cesado de ser problemática; se ha vuelto la materia de cuanto viven. El lenguaje ya no les aparece como una laboriosa exterioridad que habría de ser proseguida en sí para enseguida aplicarla al mundo; se ha vuelto la sustancia inmediata de éste. En ningún momento se desata su acción como separable de su palabra. Se comprende entonces que el Espectáculo, donde lo político y lo económico permanecen como abstracciones separadas de lo metafísico, representa para ellos una figura pasada de la Publicidad. Pero ocurre de hecho que todos los viejos dualismos petrificados, en la continuidad sustancial del sentido, han sido abolidos. Al interior de estas totalidades ricas de sentido, plenas y abiertas, la eternidad encuentra en dónde alojarse en cada instante, y el universo entero en cada uno de sus detalles. Su mundo, la ciudad, los abriga como una interioridad, mientras que su interioridad ha tomado las dimensiones de un mundo. Están ya, de manera parcial y desgraciadamente reversible y provisional, en la “restauración de la unidad destrozada de lo real y lo trascendental” (Lukács). No eran los caprichos de la dominación, su vida misma tendería hacia la realización de todas las virtualidades humanas que contiene. Esta figura próxima de la Publicidad corresponde al máximo despliegue de ésta, lo cual quiere decir que abraza el lenguaje sin la menor reserva, que es el lenguaje, de igual modo en que conoce el silencio. Aquí, la esencia ya no puede ser distinguida de la apariencia, pero el hombre ha dejado de confundirlas consigo mismo. Aquí, el Espíritu tiene su Morada, y asiste en paz a sus propias metamorfosis. El lenguaje es aquí la Ley única, nueva y eterna que va más allá de todas las leyes pasadas de las que era ciertamente su materia, pero en un estado congelado. Si las formas antiguas de la Publicidad se levantaban en construcciones más o menos equilibradas, más o menos armoniosas, ella es por el contrario horizontal, laberíntica, topológica. Ninguna representación la sobrevuela en ningún punto. Todo su espacio exige ser recorrido. En cuanto a la articulación operacional del Partido Imaginario, en cuanto a la inervación de este mundo, ella no está asegurada por ningún sistema vertical de delegación, sino de un modo de transmisión que está él mismo inscrito en la horizontalidad sin límites del lenguaje: el Ejemplo. La geografía plana del mundo del Tiqqun no significa en absoluto la abolición de los valores o el fin de la muy humana persecución del reconocimiento. Es solamente por “la autoridad del prototipo y no la normatividad del orden” (Virno, Milagro, virtuosidad y déjà-vu) que aquí es lícito a los hombres, como lo es ya a las fracciones del Partido Imaginario, imponer su excelencia. El mapa del mundo que dibujamos no es otro que el mapa del Espíritu. Y es actualmente esta Publicidad del Espíritu lo que, en todas partes, desborda al partido de la nada, cuya imbecilidad y tosquedad se vuelven cada día más feroces e intolerables. Y nosotros pondremos fin a esto, inevitablemente.


XXVI

No cabe duda de que la guerra a ultranza que el Espectáculo libra en contra del Partido Imaginario y de la libertad ha devastado ya regiones enteras del espacio social. En éste, se decretan medidas de protección a las que sólo los conflictos mundiales habían acostumbrado: toques de queda, escoltas militares, fichaje metódico, control de los armamentos y las comunicaciones, puesta bajo tutela de sectores enteros de la economía, etc. Los hombres de este tiempo avanzan directamente en un temor sin límites. Sus pesadillas están pobladas de suplicios que ya no pertenecen solamente al dominio de los sueños. Una vez más, se habla de piratas, monstruos y gigantes. Ligado al progreso de un sentimiento universal de inseguridad, la expresión de las miradas lleva consigo el testimonio de una acumulación fatal y continua de pequeñas fatigas nerviosas. Y como cada época sueña la siguiente, pequeños caudillos surgen, los cuales se disputan el control de un espacio social ya reducido al mero espacio de circulación. Las mentes más débiles se rinden a tan locos rumores que nadie es capaz de confirmar ni desmentir. Tinieblas infinitas han llenado la distancia que los hombres habían dejado entre sí. Cada día requiere un poco más, a pesar de la oscuridad creciente, el lúgubre perfil de la guerra civil, en la cual ya nadie sabe quién combate y quién no, en la cual la confusión está limitada únicamente por la muerte, en la cual lo único de lo que se está seguro es que lo peor está por venir. Y así nos tenemos por tanto, más acá de todo nacimiento, dentro de la evidencia del desastre, pero nada impide a nuestra mirada dirigirse más allá. Así parece entonces que lo que se da aquí son los “dolores del parto”, de los que ninguna época nueva tiene el derecho a sustraerse. Quien agudice su mirada para distinguir en la noche el combate que se avecina entre los colosos, descubrirá que toda esta desolación, todos estos sordos ecos de cañón, todos estos gritos sin rostro, no son más que la obra del único Titán repugnante de la dominación mercantil, el cual, en su ensangrentado delirio, lucha, aúlla, dispara, patalea, asegura que alguien quiere su pellejo, manda intensas órdenes, se revuelca en la tierra y termina golpeando con sus pies las paredes de su living-room. Desde las profundidades de su locura, jura que el Partido Imaginario es tan sólo la oscuridad que le rodea, y que debe ser abolida. Al escuchar, parece que realmente tiene un problema con este territorio maléfico que se obstina a nunca coincidir con el mapa, y le amenaza ya con las peores represalias. Pero a medida que el día se consume, nadie le escucha más, e incluso sus más cercanos súbditos no prestan más que un oído distraído al viejo demente que salta. Fingen escuchar, y luego guiñen el ojo.


XXVII

El Partido Imaginario no espera nada de la presente sociedad ni de su evolución, pues es ya prácticamente —es decir, existiendo en los hechos— su disolución y su más allá. Por consiguiente, para él no puede tratarse de tomar el poder, sino solamente de hacer fracasar a la dominación por todas partes, al implantarla duraderamente en la imposibilidad de hacer funcionar su aparato (el carácter temporal, e incluso en algunos puntos fugitivo, de la contestación que se opera bajo el estandarte del Partido Imaginario, puede ser explicado de este modo: le garantiza que ella misma nunca llegará a ser un poder). Es por esto que la violencia a la que recurre es de una naturaleza totalmente diferente a la del Espectáculo. Y también es por esto que este último lucha a solas en la oscuridad. Incluso cuando la dominación mercantil desencadena su “libertad del vacío”, su “voluntad negativa que sólo tiene el sentimiento de su existencia en la destrucción” (Hegel), cuando por tanto su violencia sin contenido aspira sólo a la extensión infinita de la nada, el ejercicio de la violencia por parte del Partido Imaginario, aunque ilimitado, no se centra más que en la preservación de las formas de vida que el poder central se dispone a alterar, o que ya amenaza. De ahí su fuerza e incomparable aura. De ahí también su plenitud y su absoluta legitimidad. Incluso en la cumbre de su ofensiva, ésta es una violencia conservadora. Volvemos a encontrar en esto la disimetría de la que hemos hablado. El Partido Imaginario no corre tras los mismos fines que la dominación, y si ambos son concurrentes, se debe a que cada uno de ellos quiere destruir aquello de lo que el otro persigue su realización; la diferencia está en que el Espectáculo no quiere más que esto. Que el Partido Imaginario llegue a poner fin a la sociedad mercantil y que esta victoria sea irreversible, dependerá de su facultad para dar intensidad, grandeza y sustancia a una vida exenta de toda dominación, no menos que de la aptitud de sus fracciones conscientes para explicitarlo tanto en su práctica como en su teoría. Es de temer que la dominación encuentre un suicidio generalizado, en el que al menos se asegura de llevarse consigo a su adversario, preferible a la eventualidad de su derrota. De un extremo a otro, es una apuesta la que nosotros hacemos. Sólo pertenece a la historia y su juego helado el juzgar si lo que nosotros emprendemos es meramente un comienzo, o ya un desenlace. El Absoluto está en la historia.

¿Cómo hacer?*


¿Cómo hacer?*


Don't know what I want,
but I know how to get it.
Sex Pistols,
Anarchy in the UK


I


Veinte años. Veinte años de contrarrevolución. De contrarrevolución preventiva.
En Italia.
Y fuera de Italia.
Veinte años de un sueño espinoso con cercas. De un sueño de los cuerpos,
impuesto por el toque de queda.
Veinte años. El pasado no pasa. Porque la guerra continúa. Se ramifica. Se prolonga.
En una reticulación mundial de dispositivos locales. En una calibración inédita de las
subjetividades. En una nueva paz superficial.
Una paz armada
hecha de manera perfecta para cubrir el desenvolvimiento de una imperceptible
guerra civil.

Hace veinte años, fue
el punk, el movimiento del 77, el área de la Autonomía,
los Indios metropolitanos y la guerrilla difusa.
De un golpe surgía,
como nacido de alguna región subterránea de la civilización,
todo un contramundo de subjetividades
que ya no querían consumir, que ya no querían producir,
que ya ni siquiera querían ser subjetividades.
La revolución era molecular, y la contrarrevolución no lo fue menos.
se preparó ofensivamente,
y después duraderamente,
toda una máquina compleja para neutralizar aquello que fuera portador de intensidad. Una máquina para desactivar todo aquello que pudiera explotar.
Todos los dividuos de riesgo,
los cuerpos indóciles,
las agregaciones humanas autónomas.
Luego fueron veinte años de estupidez, vulgaridad, aislamiento y desolación.
¿Cómo hacer?

Levantarse. Levantar la cabeza. Por elección o por necesidad. Poco importa, en verdad, a partir de ahora.
Mirarse a los ojos y decir que volvemos a empezar. Que todo el mundo lo sepa, lo más rápido posible.
Volvemos a empezar.
Se acabó la resistencia pasiva, el exilio interior, el conflicto por sustracción, la supervivencia. Volvemos a empezar. En veinte años hemos tenido tiempo para ver. Hemos comprendido. La demokracia para todos, la lucha “antiterrorista”, las masacres de Estado, la reestructuración capitalista y su Gran Obra de depuración social,
mediante selección,
mediante precarización,
mediante normalización,
mediante “modernización”.
Hemos visto, hemos comprendido. Los métodos y los objetivos. El destino que se nos reserva. Y el que se nos niega. El estado de excepción. Las leyes que ponen a la policía, la administración y la magistratura por encima de las leyes. La judicialización, la psiquiatrización, la medicalización de todo aquello que se sale del cuadro. De todo aquello que se fuga.
Hemos visto. Hemos comprendido. Los métodos y los objetivos.

Cuando el poder establece en tiempo real su propia legitimidad,
cuando su violencia deviene preventiva
y su derecho es un “derecho de injerencia”,
entonces ya no sirve de nada tener razón. Tener razón contra él.
Hay que ser más fuerte, o más astuto. Es por esto
también
que volvemos a empezar.

Volver a empezar jamás es volver a empezar algo. Ni retomar un asunto en el punto en que lo habíamos dejado. Lo que volvemos a empezar es siempre otra cosa. Es siempre inaudito. Porque no es el pasado lo que nos empuja, sino precisamente aquello que en él
no ha
advenido.
Y porque somos también nosotros mismos, entonces, quienes volvemos a empezar.
Volver a empezar quiere decir: salir de la suspensión. Restablecer el contacto entre nuestros devenires.
Partir,
de nuevo,
desde donde estamos,
ahora.

Por ejemplo, hay golpes
que ya no se nos darán.
El golpe de la “sociedad”. Por transformar. Por destruir. Por volver mejor.
El golpe del pacto social. Que unos quebrarían mientras que otros son capaces de fingir
“restaurarlo”.
Estos golpes, ya no se nos darán.
Hace falta ser un elemento militante de la pequeña burguesía planetaria,
un ciudadano verdaderamente,
para no ver que ella ya no existe,
la sociedad.
Que ella ha implosionado. Que ya no es más que un argumento para el terror de los que dicen re/presentarla.
A ella que se encuentra ausente.

Todo lo que es social se nos ha vuelto extraño.
Nos consideramos absolutamente desvinculados de toda obligación, de toda prerrogativa, de toda pertenencia
social.
“La sociedad”
es el nombre que ha recibido a menudo lo Irreparable,
entre aquellos que querrían que también fuera
lo Inasumible.
Quien rechaza ese señuelo tendrá que dar
un paso de distancia.
Operar
un ligero desplazamiento
con respecto de la lógica común
del Imperio y de su contestación,
la de la movilización,
con respecto de su temporalidad común,
la de la emergencia.

Volver a empezar quiere decir: habitar esa distancia. Asumir la esquizofrenia capitalista en el sentido de una facultad creciente de desubjetivación.
Desertar pero guardando las armas.
Fugarse, imperceptiblemente.
Volver a empezar quiere decir: concentrar la secesión social, en la opacidad, entrar
en desmovilización,
sustrayendo hoy a tal o cual red imperial de producción-consumo los
medios de vivir y luchar para, en el momento elegido,
sabotearla.

Hablamos de una nueva guerra,
de una nueva guerra de partisanos. Sin frente ni uniforme, sin ejército ni batalla
decisiva.
Una guerra cuyos focos se despliegan a distancia de los flujos mercantiles aunque conectados entre ellos.
Hablamos de una guerra totalmente en latencia. Que tiene el tiempo.
De una guerra de posición.
Que se libra ahí en donde estamos.
En nombre de nadie.
En nombre de la existencia misma,
que no tiene nombre.

Operar ese ligero desplazamiento.
Ya no temer a su tiempo.
“No temer a su tiempo es una cuestión de espacio”.
En la okupa. En la orgía. En el motín. En el tren o el pueblo ocupado. En búsqueda, en medio de desconocidos, de una free party inencontrable. Hago la experiencia de ese ligero desplazamiento. La experiencia
de mi desubjetivación. Devengo
una singularidad cualquiera. Un juego se insinúa entre mi presencia y todo el aparato de cualidades que me son ordinariamente vinculadas.
En los ojos de un ser que, presente, quiere estimarme por lo que yo soy, saboreo la decepción, su decepción al ver que he devenido tan común, tan perfectamente
accesible. En los gestos de otro, una inesperada complicidad.
Todo lo que me aísla como sujeto, como cuerpo dotado de una configuración pública de atributos, siento que se derrite. Los cuerpos se deshacen en su límite. En su límite, se indistinguen. Barrio tras barrio, lo cualquiera arruina la equivalencia. Y yo alcanzo
una desnudez nueva,
una desnudez impropia, como vestida de amor.
¿Se evade uno alguna vez por sí solo de la prisión del Yo?

En la okupa. En la orgía. En el motín. En el tren o el pueblo ocupado. Nos volvemos a encontrar.
Nos volvemos a encontrar
como singularidades cualesquiera. Es decir,
no sobre la base de una común pertenencia,
sino de una común presencia.
Esto es
nuestra necesidad de comunismo. La necesidad de espacios de noche, en los cuales seamos capaces de
volvernos a encontrar
más allá
de nuestros predicados.
Más allá de la tiranía del reconocimiento. Que impone el re/conocimiento como distancia final entre los cuerpos. Como ineluctable separación.
Todo aquello que uno —el novio, la familia, el medio, la empresa, el Estado, la opinión— me reconoce, es ahí en donde uno cree tenerme.
Por el recuerdo constante de lo que soy, de mis cualidades, uno querría abstraerme de cada situación. uno me querría arrebatar en toda circunstancia una fidelidad conmigo mismo que es una fidelidad con mis predicados.
se espera de mí que me comporte como hombre, empleado, desempleado, madre, militante o filósofo.
se quiere contener entre los bordes de una identidad el curso imprevisible de mis devenires.
se me quiere convertir a la religión de una coherencia
que se ha escogido para mí.

Cuanto más soy reconocida, más mis gestos se encuentran entrabados, interiormente entrabados. Heme aquí capturada en la malla ultraceñida del nuevo poder. En las redes impalpables de la nueva policía: la policía imperial de las cualidades.
Existe toda una red de dispositivos en los que me hundo para “integrarme”, y que esas cualidades me incorporan.
Todo un pequeño sistema de fichaje, identificación y policiaje mutuos.
Toda una prescripción difusa de la ausencia.
Todo un aparato de control comporta/mental, que apunta al panoptismo, a la privatización transparencial, a la atomización.
Y dentro del cual forcejeo.

Necesito devenir anónima. Para estar presente.
Cuanto más anónima soy, más estoy presente.
Necesito zonas de indistinción
para acceder a lo Común.
Para no reconocerme ya en mi nombre. Para no escuchar en mi nombre más que la voz que lo llama.
Para hacer consistir el cómo de los seres, no lo que son, sino cómo son lo que son. Su forma-de-vida.
Necesito zonas de opacidad en las que los atributos,
incluso criminales, incluso geniales,
ya no separen a los cuerpos.

Devenir cualquiera. Devenir una singularidad cualquiera no está dado.
Siempre posible, pero nunca dado.
Existe una política de la singularidad cualquiera.
Que consiste en arrancar al Imperio
las condiciones y los medios,
incluso intersticiales,
para experimentarse como tal.
Es una política, porque supone una capacidad de enfrentamiento,
y porque una nueva agregación humana
le corresponde.
Política de la singularidad cualquiera: despejar esos espacios en los que ningún acto es ya asignable a ningún cuerpo dado.
En los que los cuerpos vuelven a encontrar la aptitud al gesto que la sabia distribución de los dispositivos metropolitanos —computadoras, automóviles, escuelas, cámaras, teléfonos portátiles, gimnasios, hospitales, televisiones, cines, etc.— les había hurtado.
Reconociéndolos.
Inmovilizándolos.
Haciendo que giren en el vacío.
Haciendo existir la cabeza separadamente del cuerpo.

Política de la singularidad cualquiera.
Un devenir-cualquiera es más revolucionario que todo ser-cualquiera.
Liberar espacios nos libera cien veces más que todo “espacio liberado”.
Más que poner en acto un poder, yo gozo de la puesta en circulación de mi potencia.
La política de la singularidad cualquiera reside en la ofensiva. En las circunstancias, los momentos y los lugares en que serán arrancados
las circunstancias, los momentos y los lugares
de un anonimato tal,
de una parada momentánea en un estado de simplicidad,
la ocasión de extraer de todas nuestras formas la pura adecuación a la presencia,
la ocasión de estar, finalmente,
ahí.


II


¿Cómo hacer? No ¿Qué hacer? ¿Cómo hacer? La cuestión de los medios.
No la de los fines, de los objetivos,
de lo que hay que hacer, estratégicamente, en absoluto.
La cuestión de lo que podemos hacer, tácticamente, en situación,
y de la adquisición de esa potencia.
¿Cómo hacer? ¿Cómo desertar? ¿Cómo funciona? ¿Cómo conjugar mis heridas y el comunismo? ¿Cómo permanecer en guerra sin perder la ternura?
La cuestión es técnica. No un problema. Los problemas son rentables.
Alimentan a los expertos.
Una pregunta.
Técnica. Que se duplica como cuestión de las técnicas de transmisión de esas técnicas.
¿Cómo hacer? El resultado contradice siempre al fin. Porque plantear un fin
es todavía un medio,
otro medio.

¿Qué hacer? Babeuf, Chernishevski, Lenin. La virilidad clásica reclama un analgésico, un espejismo, cualquier cosa. Un medio para ignorarse todavía un poco. En cuanto presencia.
En cuanto forma-de-vida. En cuanto ser en situación, dotado de inclinaciones.
De inclinaciones determinadas.
¿Qué hacer? El voluntarismo como último nihilismo. Como nihilismo propio
de la virilidad clásica.
¿Qué hacer? La respuesta es simple: someterse una vez más a la lógica de la movilización, a la temporalidad de la emergencia. Bajo pretexto de rebelión. Plantear fines, palabras. Tender hacia su cumplimiento. Hacia el cumplimiento de las palabras. Mientras tanto, dejar la existencia para más tarde. Ponerse entre paréntesis. Alojarse en la excepción de sí. A distancia del tiempo. Que pase. Que no pase. Que se pare. Hasta… Hasta el próximo. Fin.

¿Qué hacer? Dicho de otra manera: vivir es inútil. Todo lo que no has vivido, la Historia te lo devolverá.
¿Qué hacer? Es el olvido de sí que se proyecta sobre el mundo.
Como olvido del mundo.

¿Cómo hacer? La cuestión del cómo. No de aquello que un ser, un gesto o una cosa es, sino de cómo es lo que es. De cómo sus predicados se relacionan con él.
Y él con ellos.
Dejar ser. Dejar ser la hiancia entre el sujeto y sus predicados. El abismo de la presencia.
Un hombre no es “un hombre”. “Caballo blanco” no es “caballo”.
La cuestión del cómo. La atención al cómo. La atención a la manera en que una
mujer es, y no es,
una mujer — hacen falta dispositivos para hacer de un ser de sexo femenino “una mujer”,
o de un hombre con la piel negra “un Negro”.
La atención a la diferencia ética. Al elemento ético. A las irreductibilidades que lo atraviesan. Lo que pasa entre los cuerpos en una okupación es más interesante
que la okupación misma.
¿Cómo hacer? quiere decir que el enfrentamiento militar con el Imperio debe estar subordinado a la intensificación de las relaciones en el interior de nuestro partido. Que lo político no es más que un cierto grado de intensidad en el seno del elemento ético. Que la guerra revolucionaria no debe ser ya confundida con su representación: el movimiento bruto del combate.

La cuestión del cómo. Volverse atento al tener-lugar de las cosas, de los seres. A su acontecimiento. A la obstinada y silenciosa prominencia de su temporalidad propia
bajo el aplastamiento planetario de todas las temporalidades
por aquella de la emergencia.
El ¿Qué hacer? como ignorancia programática de esto. Como fórmula inaugural
del desamor atareado.

El ¿Qué hacer? regresa. Desde hace varios años. Desde mitad de los años 90, más que desde Seattle. Una recuperación de la crítica hace como si se enfrentara al Imperio
con los eslóganes, las recetas de los años 60. Salvo que esta vez se simula.
Se simula la inocencia, la indignación, la buena conciencia y la necesidad de sociedad. Se vuelve a poner en circulación toda la vieja gama de afectos socialdemócratas. De afectos cristianos.
Y de nuevo, las manifestaciones. Las manifestaciones mata-deseos. Donde no pasa nada.
Y que ya no manifiestan
más que la ausencia colectiva.
Para siempre.

Para los que tienen nostalgia de Woodstock, de la ganja, de mayo del 68 y del militantismo, están las contracumbres. se ha vuelto a constituir el decorado, menos lo posible.
Esto es lo que ordena el ¿Qué hacer? hoy en día: ir hasta la otra parte del mundo a protestar contra
la mercancía global
para volver, tras un gran baño de unanimismo y separación mediatizada,
a someterse a la mercancía local.
De regreso, está la foto en el periódico… ¡Todos a solas juntos!… Había una vez…
¡Vaya juventud!…
Lástima por esos cuantos cuerpos vivos extraviados allí, buscando en vano un espacio
para su deseo.
Regresan un poco más fastidiados. Un poco más vaciados. Reducidos.
De contracumbre en contracumbre, acabarán por fin de comprender. O no.

No se protesta contra el Imperio por su gestión. No criticamos al Imperio.
Nos oponemos a sus fuerzas.
Ahí en donde estamos.
Decir lo que a uno le parece tal o cual alternativa, ir a donde se nos llame, todo esto ya no tiene sentido. No hay proyecto global alternativo al proyecto global del Imperio. Pues no hay proyecto global del Imperio. Hay una gestión imperial. Toda gestión es mala. Los que reclaman otra sociedad harían mejor comenzando por ver que ya no la hay. Y tal vez dejarían entonces de ser aprendices de gestor.
Ciudadanos. Ciudadanos indignados.

El orden global no puede ser tomado por enemigo. Directamente.
Pues el orden global no tiene lugar. Al contrario. Es más bien el orden de los no-lugares.
Su perfección no consiste en ser global, sino en ser globalmente local. El orden global es la conjuración de todo acontecimiento puesto que es la ocupación acabada, autoritaria, de lo local.
Uno se opone al orden global sólo localmente. Por la extensión de las zonas de sombra sobre los mapas del Imperio. Por su puesta en contacto progresiva.
Subterránea.

La política que viene. Política de la insurrección local contra la gestión global. De la presencia recobrada sobre la ausencia de sí. Sobre la extranjería ciudadana, imperial.
Recobrada mediante el robo, el fraude, el crimen, la amistad, la enemistad, la conspiración.
Mediante la elaboración de modos de vida que sean también
modos de lucha.
Política del tener-lugar.
El Imperio no tiene lugar. Administra la ausencia haciendo planear por todas partes la amenaza palpable de la intervención policial. Quien busca en el Imperio a un adversario con el cual medirse encontrará el aniquilamiento preventivo.
Ser percibido es, a partir de ahora, ser vencido.

Aprender a devenir indiscernibles. A confundirnos. Volver a tener gusto
por el anonimato,
por la promiscuidad.
Renunciar a la distinción.
Y para desarticular la represión:
componer en el enfrentamiento las condiciones más favorables.
Devenir astutos. Devenir despiadados. Y para esto
devenir cualesquiera.

¿Cómo hacer? es la cuestión de los niños perdidos. Aquellos a los que no se ha recordado. Aquellos que tienen los gestos mal asegurados. A quienes nada ha sido dado. Cuya criaturalidad, errancia, no deja de traicionarse.
La revuelta que viene es la revuelta de los niños perdidos.
El hilo de la transmisión histórica ha sido roto. Incluso la tradición revolucionaria nos deja huérfanos. El movimiento obrero sobre todo. El movimiento obrero que se ha vuelto instrumento de una integración superior al Proceso. Al nuevo Proceso, cibernético, de valorización social.
En 1978, es en su nombre que el PCI, el “partido de las manos limpias”, lanzaba
la caza de la Autonomía.
En nombre de su concepción clasista del proletariado, de su mística de la sociedad,
del respeto al trabajo, lo útil y la decencia.
En nombre de la defensa de los “avances democráticos” y el Estado de derecho.
El movimiento obrero que sobrevivirá en el operaísmo.
Única crítica existente del capitalismo desde el punto de vista de la Movilización Total.
Doctrina temible y paradójica,
que salvará el objetivismo marxista al hablar sólo de “subjetividad”.
Que conducirá a un refinamiento inédito la denegación del cómo.
La reabsorción del gesto en su producto.
La urticaria del futuro anterior.
De lo que toda cosa habrá sido.

La crítica se ha vuelto vana. La crítica se ha vuelto vana porque equivale a una ausencia. En cuanto al orden dominante, todo el mundo sabe a qué atenerse. Nosotros ya no necesitamos ninguna teoría crítica. Ya no necesitamos ningunos profesores. La crítica gira a favor de la dominación, a partir de ahora. Incluso la crítica de la dominación.
Reproduce la ausencia. Nos habla desde donde no estamos. Nos propulsa a otra parte. Nos consume. Es cobarde. Y permanece refugiada
cuando nos envía a la masacre.
Secretamente enamorada de su objeto, no deja de mentirnos.
De ahí los idilios tan cortos entre proletarios e intelectuales comprometidos.
Esos matrimonios de razón donde no se tiene la misma idea ni del placer ni de la libertad.

Más que nuevas críticas, son nuevas cartografías
lo que necesitamos.
Cartografías no del Imperio, sino de las líneas de fuga fuera de él.
¿Cómo hacer? Necesitamos mapas. No mapas de lo que está fuera del mapa.
Sino mapas de navegación. Mapas marítimos. Herramientas de orientación. Que no buscan decir, representar, lo que hay al interior de los diferentes archipiélagos de la deserción, sino que nos indican cómo llegar a ellos.
Portulanos.


III


Es martes 17 de septiembre de 1996, poco antes del alba. El ROS (Reagrupamiento Operacional eSpecial) coordina en toda la península el arresto
de 70 anarquistas italianos.
Se trata de poner término a 15 años de investigaciones infructuosas de los anarquistas insurreccionalistas.
La técnica es conocida: fabricar a un “arrepentido”, y hacerle denunciar la existencia de una vasta organización subversiva jerarquizada.
Después acusar sobre la base de esta creación quimérica a todos aquellos a los que se quiere neutralizar por formar parte de ella.
Una vez más, secar el mar para tomar los peces.
Incluso cuando no se trata más que de un estanque minúsculo.
Y de algunos gobios.

Una “nota informativa de servicio” escapó del ROS
en relación a este asunto.
Expone su estrategia.
Fundada en los principios del general Dalla Chiesa, el ROS es el servicio imperial ejemplar de contrainsurrección.
Trabaja sobre la población.
En donde una intensidad se ha producido, en donde algo ha pasado, él es el french doctor de la situación. Aquel que pone,
bajo el disfraz de profilaxis,
los cordones sanitarios cuyo objeto es aislar
su contagio.
Aquello que teme, lo dice. En este documento, lo escribe. Aquello que teme es “el pantano del anonimato político”.
El Imperio tiene miedo.
El Imperio tiene miedo a que devengamos cualesquiera. Un medio delimitado,
una organización combatiente. No les teme. Pero una constelación expansiva de okupas, granjas autogestionadas, viviendas colectivas, concentraciones fine a se stesso, radios, técnicas e ideas. El conjunto reunido por una intensa circulación de los cuerpos y los afectos entre los cuerpos. Ése es otro asunto.

La conspiración de los cuerpos. No de los espíritus críticos, sino de las corporeidades críticas. He ahí lo que el Imperio teme. He ahí lo que lentamente adviene,
con el incremento de los flujos,
de la defección social.
Hay una opacidad inherente al contacto de los cuerpos. Y que no es compatible con el reino imperial de una luz que ya no ilumina las cosas
más que para desintegrarlas.
Las Zonas de Opacidad Ofensiva no están
por ser creadas.
Están ya ahí, en todas las relaciones en que sobreviene una verdadera
puesta en juego de los cuerpos.
Lo que hace falta es asumir que formamos parte de esa opacidad. Y dotarse de los medios
para extenderla,
para defenderla.
Por todas partes en que se llegan a desarticular los dispositivos imperiales, a arruinar todo el trabajo cotidiano del Biopoder y el Espectáculo para exceptuar de la población una fracción de ciudadanos. Para aislar nuevos untorelli. En esa indistinción reconquistada
se forma espontáneamente
un tejido ético autónomo,
un plano de consistencia
secesionista.
Los cuerpos se agregan. Recuperan el aliento. Conspiran.
Que tales zonas estén condenadas al aplastamiento militar importa poco. Lo que importa,
es en cada caso
componer una vía de retirada bastante segura. Para volverse a agregar en otra parte.
Más tarde.
Lo que sustentaba el problema del ¿Qué hacer? era el mito de la huelga general.
Lo que responde a la cuestión ¿Cómo hacer? es la práctica de la huelga humana.
La huelga general permitía interpretar que había una explotación limitada
en el tiempo y en el espacio,
una alienación parcelaria, debida a un enemigo reconocible, y por tanto derrotable.
La huelga humana responde a una época en que los límites entre el trabajo y la vida acaban por difuminarse.
En que consumir y sobrevivir,
producir “textos subversivos” y precaverse de los efectos más nocivos de la civilización industrial,
hacer deporte, el amor, ser padre o tomar Prozac.
Todo es trabajo.
Porque el Imperio gestiona, digiere, absorbe y reintegra
todo lo que vive.
Incluso “lo que soy”, la subjetivación que no desmiento hic et nunc,
todo es productivo.
El Imperio ha puesto todo a trabajar.
Idealmente, mi perfil profesional coincidirá con mi propia cara.
Incluso si ésta no sonríe.
Las muecas del rebelde se venden muy bien, después de todo.

Imperio, es decir que los medios de producción se han vuelto medios de control al mismo tiempo que lo contrario se verificaba.
Imperio significa que de ahora en adelante el momento político domina
al momento económico.
Y contra esto, la huelga general ya no puede nada.
Lo que hay que oponer al Imperio es la huelga humana.
Que nunca ataca las relaciones de producción sin atacar al mismo tiempo
las relaciones afectivas que las sostienen.
Que socava la economía libidinal inconfesable,
que restituye el elemento ético —el cómo— reprimido en cada contacto entre los cuerpos neutralizados.
La huelga humana es la huelga que, en el punto en que se esperaba
tal o cual reacción previsible,
tal o cual tono apenado o indignado,
prefiere no.
Se oculta del dispositivo. Lo satura, o lo estalla.
Se recobra, prefiriendo
otra cosa.
Otra cosa que no esté circunscrita en los posibles autorizados por el dispositivo.
En la ventanilla de tal o cual servicio social, en las cajas de tal o cual supermercado, en una conversación educada, en una intervención de la poli,
según la relación de fuerzas,
la huelga humana hace consistir el espacio entre los cuerpos,
pulveriza el double bind en que están capturados,
los conduce a la presencia.
Hay todo un ludismo por ser inventado, un ludismo de los engranajes humanos
que hacen girar el Capital.

En Italia, el feminismo radical ha sido una forma embrionaria de la huelga humana.
¡Basta de madres, mujeres e hijas, destruyamos las familias!” era una invitación al gesto de romper los encadenamientos previstos,
de liberar los posibles comprimidos.
Era un atentado a los comercios afectivos fracasados, a la prostitución ordinaria.
Era un llamamiento a la superación de la pareja, como unidad elemental de gestión
de la alienación.
Llamamiento a una complicidad, entonces.
Práctica insostenible sin circulación, sin contagio.
La huelga de las mujeres llamaba implícitamente a la de los hombres y los niños, llamaba a vaciar las fábricas, las escuelas, las oficinas y las prisiones,
a reinventar para cada situación otra manera de ser, otro cómo.
La Italia de los años 70 era una gigantesca zona de huelga humana.
Las autorreducciones, los atracos, los barrios okupados, las manifestaciones armadas, las radios libres, los innumerables casos de “síndrome de Estocolmo”,
incluso las famosas cartas de Moro detenido, hacia el final, eran
prácticas de huelga humana.
Los estalinistas hablaban entonces de “irracionalidad difusa”, y esto lo dice todo.

Existen también autores
en cuya obra se encuentra todo el tiempo
la huelga humana.
En Kafka, en Walser,
o en Michaux,
por ejemplo.

Adquirir colectivamente esa facultad de sacudir
las familiaridades.
Ese arte de frecuentar en sí mismo
al huésped más inquietante.

En la guerra presente,
en la que el reformismo de emergencia del Capital tiene que tomar los hábitos del revolucionario para hacerse entender,
en la que los combates más demókratas, aquellos de las contracumbres,
recurren a la acción directa,
un papel nos está reservado.
El de mártires del orden demokrático,
que golpea preventivamente todo cuerpo que pudiera golpear.
Debería dejarme inmovilizar ante una computadora mientras las centrales nucleares explotan, mientras que se juega con mis hormonas o a envenenarme.
Debería entonar la retórica de la víctima. Ya que, es sabido,
todo el mundo es víctima, incluso los opresores mismos.
Y saborear que una discreta circulación del masoquismo
reencante la situación.

La huelga humana, hoy en día, consiste en
rechazar desempeñar el papel de la víctima.
Atacarlo.
Reapropiarse la violencia.
Arrogarse la impunidad.
Hacer comprender a los ciudadanos pasmados
que si no entran en la guerra están de todas formas en ella.
Que en donde se nos dice que es tal cosa o morir, es siempre
en realidad
tal cosa y morir.

Así,
de huelga humana
en huelga humana, propagar
la insurrección,
donde ya sólo hay,
y donde somos todos,
singularidades
cualesquiera.



* Este texto fue escrito para una publicación, en la primavera de 2001.


+

En el gran cuerpo social del Imperio

Contacto

tiqqun@gmx.com